Publicado el 29-07-2026 en UCC

Creencias conspirativas y furia digital

Hugo Rabbia*, investigador de la UCC y Conicet analiza la fracturación del espacio público detrás del 'ragebait', las redes, y la indignación colectiva.

A poco más de una semana de la final del Mundial FIFA 2026, resuenan en la conversación pública creencias conspirativas, desinformaciones, discursos de odio y campañas de desprestigio con impacto instantáneo. De golpe, un evento deportivo confrontó a la sociedad argentina con la realidad de un mundo que, para algunos grupos, parecía correr por carriles paralelos.

El Mundial FIFA es un catalizador de memorias históricas, emociones e ideologías, y un acontecimiento geopolítico que nos interroga sobre el mundo en que vivimos. A lo largo del torneo, la Selección entabló un diálogo fluido con su hinchada: desde las contundentes remontadas contra Egipto e Inglaterra, hasta los gestos de dedicación a "quienes la están pasando mal" o la exhibición de la bandera de "Las Malvinas son Argentinas". En nuestros hogares la respuesta fue de gratitud y compromiso con la Scaloneta, expresados en cábalas, velas, invocaciones esotéricas y estampitas intervenidas con caras de jugadores. Por un momento, una sociedad atravesada por la grieta política y desigualdades socioeconómicas logró sentirse un "nosotros" frente a la pantalla.

Pero cuando Dios, las brujerías o la realidad fallan, nos encontramos carentes de sentido. Como ocurrió durante la pandemia por Covid-19, las creencias conspirativas emergen como matriz explicativa de lo inesperado, recurriendo a complots de grupos secretos con fines particulares para devolvernos certeza. Parten de indicios reales —la bandera de Malvinas, frases de vestuario como "si supieran...", o el polémico apoyo público de Netanyahu en el marco de la violencia desmedida contra Palestina—, pero pronto ceden ante la especulación, la sospecha o la desinformación, catalizando una profunda desconfianza institucional e interpersonal. Desde las redes se evidenció un viaje sin escalas desde un supuesto "favoritismo" de la FIFA hacia la albiceleste, hasta el reflotar acusaciones de que Argentina es “el país más racista del mundo”.

Surgieron entonces sospechas de una campaña organizada desde el "wokismo" y también la ultraderecha. La hipótesis de campañas de comportamiento inauténtico coordinado (CIB, por sus siglas en inglés) no parece de por sí delirante; ya existieron antecedentes como la infodemia en pandemia o las falsedades en YouTube para favorecer a Delcy Rodríguez relevadas por Cazadores de Fake news.

Sin embargo, un informe difundido por Inteligencia Analítica confirmó que en el caso de la campaña “anti-Argentina” no hubo una orquestación deliberada, sino una conversación acelerada, hostil y fragmentada tanto lingüística como temáticamente. Por ejemplo, en Argentina resonaron fuertemente las denuncias de racismo o las teorías conspirativas de que la selección fue “obligada a perder”, mientras que, en otros contextos, como España, la mayoría de las interacciones se asociaron a otros temas.

Esta escalada no habría sido posible sin la arquitectura del ragebait, donde los algoritmos de X o Instagram premian el odio y la indignación. Las plataformas nos encierran en cataratas de desinformación autorreferencial, destacando interacciones emocionales negativas y reforzando nuestros sesgos de confirmación. De golpe, la derrota deportiva no pareció cargarse de la misma injusticia que tuvo la avalancha de hostilidades.

Estos aspectos no son novedosos: la velocidad de redes termina alimentando la emocionalidad negativa. Lo llamativo fue que toda una sociedad evidenciara los hilos algorítmicos que tejen la discusión global y la velocidad con la que un sujeto social se vuelve objeto de sospecha. Evidenciar que la discusión pública está intervenida, aún sin intencionalidad política o económica explícita (que muchas veces la hay), nos sitúa en una extrema fragilidad.

Frente a estos hechos, preocupa más el uso político irresponsable de estas dinámicas. Cuando líderes electos adoptan la lógica del algoritmo y reaccionan como un tuitero más, legitiman creencias conspirativas, promueven desinformación y discursos de odio, y erosionan la representación institucional y el prestigio del pueblo que representan. Confundirse con un militante digital dinamitando el diálogo diplomático muestra que, para algunos, la verdad se reduce a quien repite más veces cualquier cosa y grita más fuerte.

Lo acontecido tras la final del Mundial 2026 nos deja aprendizajes claros: la frustración colectiva busca atajos cognitivos volátiles que pueden mutar hacia la victimización. Sin embargo, esto no es solo reacción psicológica, es una arquitectura algorítmica donde el odio no requiere conspiraciones organizadas para fracturar el espacio público.

Todo esto nos exige reflexionar sobre la extrema fragilidad de la conversación democrática contemporánea, donde una sociedad entera puede ser estigmatizada en horas. El diseño comercial de las plataformas promueve esa hostilidad, agravado por líderes políticos que adoptan dinámicas vehementes de las redes, legitimando la ideación conspirativa y reduciendo el debate institucional al ruido. Los medios tradicionales tienen una gran responsabilidad en limpiar el barro de la cancha, incluso cuando los dueños de la pelota quieren llevar el partido para su tribuna. Y nosotros, como ciudadanía, nos debemos también una reflexión sobre el impacto de cada like, retuit o post con el que alimentamos una indignación que nada construye y solo capitaliza las divisiones.

• Por Hugo H. Rabbia, profesor de Psicología Política y director del proyecto Creencias conspirativas, religión y política en la Argentina contemporánea en la UCC. Investigador CONICET - IIPsi, UNC.